Perdón, nunca quise soñarte.
Aprendiste a acariciar mis manos cuando sostengo tus mejillas, aprendiste a besar despacio (así como nunca lo haces); no lo aprendiste de la soledad. Lo has tomado de mis mas íntimos deseos, de mis mas grandes confesiones o solo quizás echaste un buen vistazo cuando abrí mi corazón.
De cierto, solo sé que una a una tus pecas me susurraban al oído uno a uno tus sentimientos; esos en los que yo siempre soy el protagonista, en los que ya no reinaban tus dudas, solo podías exaltar tu amor, sencillez, carisma, alegría etcétera.
Ya no preguntas «¿Cuánto te amo?», solo me cierras los ojos y me besas; es cuando empiezo a escuchar murmullos, muchísimos murmullos. Sí, tus pecas me hablan. Me dicen que te han poseído, que actúas así solo porque ellas te obligan.
Yo me aparto de ti, te observo y te detallo. Empiezo a acariciar de nuevo tu rostro, y si, una a una tus pecas van cayendo, mientras que perforan el suelo como si fuesen un ácido, ácido que quema mi corazón. Tu última peca (en el borde izquierdo de tu labio superior), mientras el suelo se quebranta y caemos al vacío, me obligo a mirarte a los ojos. Ya de nuevo eran de olvido. Sí, tu ultima peca me lo gritó: «¡Despierta!.»














